Según la Organización Mundial de la Salud, las enfermedades de transmisión alimentaria afectan a 1 de cada 10 personas en el mundo cada año, provocan 420.000 muertes y generan 33 millones de años de vida saludable perdidos.
En países como Perú, donde el consumo de carne, aves y mariscos es parte central de la dieta, y donde las altas temperaturas del verano aceleran la proliferación bacteriana, el control de la cadena de frío y las prácticas de higiene no son un lujo: son una necesidad sanitaria urgente.
“Los alimentos de origen animal son especialmente vulnerables a la contaminación por bacterias como Salmonella, Listeria, E. coli y Campylobacter. Todos estos patógenos tienen algo en común: se multiplican de forma explosiva cuando la temperatura se sale del rango seguro. Los expertos en inocuidad alimentaria llaman a esto la «zona de peligro»: cualquier temperatura entre los 5°C y los 57°C representa un riesgo real si el alimento permanece en ese rango más de dos horas”, sostiene Constanza López, Líder de División Institucional de Ecolab para Latinoamérica Sur.
Es en ese punto en el que Constanza nos propone cuatro momentos claves de la cadena de suministros:
- Procesamiento primario: limpieza y desinfección de plantas de faena y procesado, garantizando que las superficies en contacto con el alimento no sean fuentes de contaminación.
- Transporte y logística: protocolos de higienización para vehículos refrigerados y contenedores, para evitar contaminación cruzada entre cargas.
- Almacenamiento y distribución: control de cámaras frigoríficas con soluciones de limpieza compatibles con entornos de frío intenso.
- Punto de venta: higiene de exhibidores, mesones y utensilios en supermercados, mercados y carnicerías, el último control antes de que el alimento llegue al consumidor.
“A nivel global, Ecolab protege el 36% de los alimentos envasados del mundo y contribuye a mantener seguros el 44% del suministro mundial de leche. Además, sus soluciones han garantizado que más de 50 mil millones de comidas en restaurantes sean servidas en cocinas limpiadas con sus sistemas de higiene”, explica la especialista de Ecolab.
En un país donde el calor y la informalidad en la cadena de distribución representan riesgos reales, la inocuidad alimentaria no puede depender solo de la buena voluntad. Requiere ciencia, tecnología y sistemas que funcionen todos los días, en cada eslabón. Ese es el trabajo que Ecolab hace y que la mayoría de los consumidores nunca verá, pero siempre sentirá.















