Por las tetas de Miriam, una novela sobre la guerra interna

¿Por qué, en los años ochenta, los sinchis cortaban los pechos de las mujeres muertas en combate? Esta es la pregunta que me ha perseguido durante muchos años y la respuesta, quizás algo fantástica, terminó convertida en la novela Por las tetas de Miriam, una observación crítica a la absurda guerra que nos enfrentó a los peruanos.  

Muchos de ustedes no me conocen, es cierto; quizás en algún momento hayan leído algunos de mis artículos, notas cargadas de dinamita verbal. No escribo esos artículos porque soy un resentido social. Lo que sucede es que nací en un tiempo en que como escritor había que tomar partido por la defensa de los sin zapato y los sin empleo. 

Y me hice escritor en situaciones adversas. Para empezar, no sabía español, esa lengua de diablos que solo hablaban los vecinos principales de mi pueblo. A los seis años de edad solo conocía dos palabras del idioma de Cervantes, candela y caramelo, y el director de la escuela, un profesor llamado Pedro Millares Elías, me prohibió hablar mi propia lengua, condenándome al silencio. Los demás alumnos tampoco sabían español, así que durante los recreos nos íbamos a un rincón a conversar en voz baja en nuestra lengua. La libertad plena llegaba a la hora de la salida. Discutíamos, reíamos, hasta renegábamos en kechwa

No recuerdo en qué momento empecé a escribir. Posiblemente de niño en mi natal Larcay, Ayacucho, observando los toros bravos que bajaban de las cordilleras en los días de fiesta, o montado en esos caballos que bailaban la danza de las espuelas en la ancha llanura. Cierta vez, cuando fui a buscar burros, grabé sobre el polvo del camino un poema dedicado a cierta vecinita que todas las tardes pasaba por la loma arreando sus becerros. Un muchacho de mi edad que venía por el camino, al ver lo que yo había escrito, simplemente lo borró con su orina y dejó las palabras diciendo la mitad de lo que proclamaban al principio.  

Ese fue mi primer crítico. 

Cuando llegué a la secundaria, ya escribía versos cargados de palabras desconocidas en los bordes de los cuadernos y a veces en las hojas de las cabuyas del camino. Una vez grabé en la cabuya el siguiente verso: “Las llamas de tu mirada queman mi alma herida”. Al decir llamas me refería al fuego. Una semana después, al pasar por el mismo lugar, vi que alguien que supuso que me refería a los primos de las alpacas había añadido algo debajo de mis versos. Decía: “Burro, aprende a escribir”.  

Ese fue mi segundo crítico. 

Antes de concluir la secundaria terminé una novela que se extravió en el colegio. Hasta entonces había escrito ya poemas, cuentos, leyendas y algunos pensamientos, y después hice el himno al colegio, que nunca se cantó, no sé si porque carecía de valor o porque la posición de mis críticos domésticos pudo más. 

Llegué a Lima el año en que Fujimori empezaba a quebrar el espinazo de la soberanía. En el bolsillo llevaba un paquete de poemas y unos cuantos relatos, uno de ellos sobre un loro borracho. Los poemas estaban escritos con la métrica tradicional, con sinalefas y el preciosismo de Rubén Darío (poemas a la lluvia, al viento, a las cataratas, a la cebolla, al sapo y a ciertas señoritas de cuyos nombres ya no me acuerdo). Los amigos poetas de Lima, al leerlos, decían que yo me había escapado del siglo anterior, porque el verso libre ya había roto todas las reglas que sujetaban la palabra y la imaginación del hombre. Y sobre mis cuentos, recuerdo la risa del escritor Nilo Espinoza Haro, director del periódico, que cada vez que me veía exclamaba ¡loro borracho! y soltaba su muy conocida carcajada de pavo asmático. 

En el diario Última Hora se publicaron algunos de mis relatos. No saben lo que uno siente al leer su primer texto en un periódico nacional, pero por sugerencia de mis amigos decidí no publicar más. Primero tenía que perfeccionar mi estilo y familiarizarme con el español. 

Años después comencé a publicar libros pequeños, todos con Arteidea (Apaga las velas, Allin kawsay y el poder en el Perú, Ojos de rocío y otros cuentos, La mujer de los mil nombres). Entonces alguien me dijo, entre broma y broma, que mis textos no eran sino simples resúmenes de libros (o microlibros).  

Ese fue mi tercer crítico. 

La primera edición de mi novela Por las tetas de Miriam fue publicada el 2016 en España por Ediciones Altera, en cuyo fondo figuran desde autores clásicos hasta prestigiosos contemporáneos, tanto europeos como hispanoamericanos. Uno de ellos es Álvaro Mutis, Premio Cervantes y considerado uno de los escritores contemporáneos más importantes. Otros autores que publican con esta editorial son Fernando Sánchez Dragó, Fernando Savater, José Javier Esparza, José María Zavala, Robert Graves, Ludwig Pfand, Giorgio Agamben, Pierre Gaxotte, etcétera. La segunda edición de esta novela, cuya copia en pdf les envío ahora, fue publicada hace poco en Lima por el Grupo Editorial Arteidea. 

No puedo asegurar que mi novela es buena por temor a que digan que todo panadero alaba su pan. Es mi primera novela. Si el fruto todavía no está maduro, les prometo mejorar en cada libro. Por ahora debo anunciarles que este año saldrá una nueva novela en España, un libro que no salió el año pasado a causa de la pandemia. Espero sus opiniones después de la lectura.

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