Razones para el capitalismo

Argentina.- “…La urgencia de todo lo expresado en estas páginas difícilmente podría ser mayor. La socialdemocracia ha llegado en todo el mundo civilizado a un punto de agotamiento.

Por todos lados observamos cómo se hunde en una espiral de deuda y como los distintos países se enfrascan en una guerra devaluatoria. Esto último es causal de discordia entre los países ricos y genera una presión sobre el precio de los alimentos que fomenta rebeliones populares en países pobres. Además la socialdemocracia ha realizado promesas y asumido compromisos frente a sus ciudadanos a un nivel muy por encima de su capacidad de satisfacerlas.

Puede mencionarse a modo de ejemplo el problema de la Seguridad Social y el sistema médico asociado a quienes se jubilan conocido con el nombre de ¨Medicare¨. En E.E.U.U los pasivos sin financiar de estos dos programas que se extienden por décadas a medida que se vayan jubilando los baby boomers asciende a números que exceden los U$ 200 trillones. Con un producto bruto de alrededor de unos U$ 15 trillones y una deuda fiscal total que ya excede el 100% del PBI, no hace falta ser un genio de las finanzas para entender que el sistema se dirige a una quiebra espectacular. Europa desafortunadamente también cuenta con prospectos similares. Sin embargo por los fracasos de la socialdemocracia, debidos a su intervencionismo desmedido en la economía y a sus guerras de ocupación, las gentes de todas partes continúan culpando al capitalismo. Aunque las palabras con las que Ludwig von Mises concluye su obra magna, La Acción Humana, tenían más sentido en 1949, no son hoy sin embargo menos ciertas. Si es cierto que la lección no ha sido aprendida, entonces todos pagaremos el precio. Afortunadamente el mayor problema, el socialismo, parece hoy ser algo superado. Sin embargo la inminente crisis económica que asedia a E.E.U.U. y que amenaza con disolver al Euro, que considero inevitable a esta altura, y a la Unión Europea, sólo puede hacer surgir nuevamente las voces anti mercado. Estas son muchas, muy variadas y opuestas, pero coinciden en su anti-capitalismo fundamental. Esperemos que esta vez dichas voces puedan ser contenidas y que podamos evitar el ansia atávica de volver a caminar en cuatro patas. Personalmente además preferiría evitar esta consecuencia ya que, como Voltaire le decía a Rousseau en su época, hace bastante que perdí la costumbre”.

Esta es la razón por la cual este trabajo es tan importante. El socialismo, con todas sus variantes –marxista, socialdemócrata, intervencionista, etc.- es como el agujero negro de la Civilización Occidental, esa Civilización que para Mises era un mandato moral, y que bien definió como “…aquel gran movimiento político y económico que desterró los métodos pre capitalistas de producción, implantando la economía de mercado y de libre empresa; que barrió el absolutismo real y oligárquico, instaurando el gobierno representativo; que liberó a las masas, suprimiendo la esclavitud, las servidumbres personales y demás sistemas opresivos” (Prefacio a la 3.ª ed. de La Acción Humana). Esa Civilización por la cual Mises dio su vida académica y su vida en pleno si hubiera sido necesario, pues muchos ignoran que logró escapar a EEUU, a sus 60 años, a dos días de que los nazis llegaran para apresarlo con nombre y apellido.

Comienza bien, el autor, con el análisis del debate clave que aún sigue en pie: la imposibilidad total del socialismo como sistema económico. No como sistema político, sostenido por la fuerza de autoritarismos y totalitarismos (que para colmo llaman “fascistas” a los demás), sino como imposibilidad de cálculo económico, esto es, como imposibilidad radical de asignar los medios escasos a las necesidades prioritarias de la demanda, justamente por la ausencia de precios, esto es, de precios libres, que requieren la propiedad privada de los medios de producción. Repasa el autor todas las etapas de este debate, desde que Mises lo planteara originalmente en 1920, pasando por los intentos de socialismo de mercado y llegando hasta los renovados intentos actuales de economizar recursos con el socialismo, que demuestran una vez más cuánto se resisten los intelectuales a la verdadera caída del muro, esto es, la caída de la teoría socialista, que ocurrió en 1920 con Mises, de igual modo que el marxismo murió como teoría en 1884 con Eugen Bohn von Bawerk. Se resistirán por ignorancia inculpable, o por intereses políticos, o por la radical ignorancia que la economía mainstream tiene de la Escuela Austríaca. Pero, por lo que fuere, la imposibilidad de cálculo económico en el socialismo es la roca contra la cual se estrellan todas las ilusiones socialistas e intervencionistas de todos los tiempos, incluso en sus versiones re-distribucionistas y estatistas, pues pocos advierten que los intentos del estado de proveer bienes públicos, ya sea en salud o educación –ni qué hablar de las llamadas “obras públicas”- se enfrentan con el mismo problema: la ausencia de precios dentro de sus objetivos, sencillamente porque operan fuera del mercado.

Pero el autor, filósofo, se da cuenta de que no puede seguir avanzando sin el tema moral. Los socialistas parecen a veces reconocer a regañadientes la eficiencia del capitalismo, pero no sin antes proclamar, triunfantes: pero es una porquería moral. Nosotros, los socialistas, tenemos el monopolio de la ética; ustedes, los defensores del libre mercado, no tienen más triste destino que seguir proclamando la eficiencia de una inmoralidad absoluta. Eso parecen decir todo el tiempo. Entonces Miguel Duranti encara el desafío de nuestro tiempo: la esencial moralidad del capitalismo. Para ello se basa en el principio de no-agresión, esto es, no iniciar la fuerza contra nadie. Ello tiene otro fundamento, a su vez, más discutible, a saber, la propiedad absoluta sobre el propio cuerpo –de un filósofo a otro, hay allí un problema de antropología filosófica- pero la conclusión, tomada como premisa, es inobjetable. ¿Quién debe iniciar la fuerza, la agresión, la coacción contra otro? Obviamente, nadie. Y por ende, toda la autonomía personal, la intimidad de la propia existencia, el derecho a poseer e intercambiar, el derecho a gozar del fruto del propio trabajo, el derecho a que nadie confisque esos frutos, son consecuencias que se desprenden –mi colega sabrá captar la analogía- como la idea del valle de la idea de montaña. Cabe destacar la contradicción total en la que entra cierto discurso anti-capitalista actual, que acentúa la libertad de opción, sobre todo en materia sexual, pero la niega en el orden económico, y en todos los órdenes, porque su programa cultural, en vez de ser una propuesta más, dentro de una sociedad libre, la pretenden imponer desde los mecanismos de coerción del estado, convirtiendo su proclamada libertad de opción en una violación más del principio de no agresión.

Que de esto se desprenda un total anarco-capitalismo es tal vez discutible, pero es obvio que pone el dedo en la llaga de toda filosofía política: la justificación del estado, o más bien del estado-nación del Iluminismo. Al menos, el lector de este excelente y desafiante trabajo llegará a esta sana conclusión: todo defensor del capitalismo es un anarquista metódico, esto es, alguien que debe preguntarse “por qué el estado y no la anarquía”, y si quiere ser liberal clásico, mejor que tenga preparada una respuesta.

Por ello nuestro colega no podía terminar su análisis sin una aguda crítica a John Rawls, pero también a Robert Nozick. En última instancia, aunque la crítica a ambos autores sea obviamente diferente, Miguel Duranti se pone en frente de todo lo que implique un neo-contractualismo donde haya una posición original que finalmente termine absorbiendo al free-rider por la fuerza. Ese es nuestro principal acuerdo con el autor. El free-rider ha sido el desafío de todo sistema político y de toda filosofía política. ¿Qué hacer con el que no quiere ser parte del sistema político, pero sí ofrece comerciar? Hay dos respuestas: una evolutiva, a partir de Hume, que concluye en Hayek, y la otra, por default, el anarco-capitalismo. Ante la agudeza de este libro, hay que estar muy bien preparado para mantenerse en la primera. 

Saludamos a este libro como un nuevo y notable desafío “a los socialistas de todos los partidos” y como una notable toma de conciencia “del tema de nuestro tiempo”, como diría Mises. Nuestro tiempo no ha terminado. Aún. Porque si nuestro tiempo es el de la Civilización Occidental, allí estamos, en tiempos de aguda incertidumbre. Pase lo que pase, Miguel Duranti queda con este libro del lado de los que han intentado detener la muerte de la Libertad.